Costa Rica el país de la “pura vida” 

Un recorrido desde la capital, San José, hasta las costas del Pacífico norte. La intensa vida de los humedales, los ríos de montaña, los volcanes y la exuberante flora y fauna de uno de los países con mayor biodiversidad del mundo. Un gran destino de ecoturismo al que cada año llegan más argentinos.

Apenas habíamos subido al bote para navegar aguas arriba el sinuoso río Frío cuando Luis, uno de nuestros guías, dijo la frase esperada: “perezoso a las tres, arriba del árbol más alto”. Entonces el capitán, Ernesto, detuvo el motor y nos quedamos unos minutos en silencio, ensimismados con las piruetas en cámara lenta del perezoso allá arriba, pasando de rama en rama cerca de un grupo de monos aulladores.

Justo abajo, a orillas del río, un caimán se calentaba al sol, y a pocos metros, sobre un tronco semisumergido, una tortuga de pantano cargaba a su cría sobre el caparazón mientras un par de ramas más arriba, en un majestuoso ceibal, un gavilán de ciénaga parecía vigilar cada movimiento. “No son tan fáciles de ver así, tan cerca, así que es un día de suerte”, nos advirtió la guía Rosi Arguedas. Probablemente, porque en unos pocos minutos obtuvimos, a modo de presentación, una muestra de la impresionante riqueza natural de Costa Rica, país que por su estabilidad política y económica, por no tener ejército y por ser muy seguro para los visitantes, suelen llamar “la Suiza de Centroamérica”.

El basilisco esmeralda, también llamado “lagartija Jesucristo” porque puede caminar sobre el agua. 

Entonces ese “pura vida” con el que todo el mundo se saluda en Costa Rica adquiere otro sentido. Un encuentro en la calle, una llamada telefónica, no empiezan y terminan aquí con “hola” y “chau”, sino con un sonoro “pura vida”. Y aunque curiosamente esa costumbre fue impuesta por un actor mexicano, los “ticos” la asumieron como propia, y con unos pocos días en el país se puede entender porqué: en un territorio de 51.000 km2 (poco menos que la provincia de Jujuy), y con una distancia de 322 km entre el Caribe y el Pacífico, Costa Rica es hábitat del 4,5% de las especies de flora y fauna del mundo, con 95.000 registradas y miles más que, se estima, existen pero se desconocen. Con el 0,03% de la superficie del planeta, es uno de los 20 países más ricos en biodiversidad.

Sus 165 áreas silvestres protegidas (más del 26% del territorio) abarcan desde costas en el Pacífico y el Caribe hasta volcanes, ríos de montaña y de llanura, un clima caluroso -excepto al subir las laderas de los volcanes-, y en ese marco, el país es una Meca del ecoturismo: sus dos llaves turísticas son naturaleza y “aventura suave”, aunque también hay playas y vida de resort all inclusive, una interesante mezcla cultural y una notable amabilidad entre su gente, orgullosa de tener “el mejor café del mundo”. Por algo será que, en todas las encuestas, Costa Rica aparece como uno de los países más felices del mundo.


Y es, además, un destino cada vez más atractivo para los argentinos: en 2016, la llegada de argentinos creció más de 22% con relación a 2015, y en el primer trimestre de este año siguió en alza: 9,8%. Y seguramente seguirá en 2018, cuando un nuevo vuelo conectará Lima con San José, mejorando la conectividad conSudamérica.
Como todos los países, Costa Rica tiene sus clásicos, esos a los que va la mayoría de los turistas.Como los parques nacionales de los volcanes Poás y Arenal; Tortuguero, donde desovan miles de tortugas marinas; las playas tropicales del parque Manuel Antonio y la reserva de bosque nuboso de Monteverde, entre ellos.
Pero hay mucho más para ver, claro. Como los lugares que visitamos en este viaje, en el que recorrimos parte de la zona noroccidental, cerca de Nicaragua, y playas del Pacífico. La misma naturaleza, no tantos turistas. ¿Vamos?

Para llegar a aquella escena del inicio, la del perezoso entre las ramas, habíamos tomado un pequeño avión -un Cesna 208, para 12 pasajeros- en el aeropuerto de la capital, San José, para volar entre volcanes -a la derecha el Poás, ahora cerrado porque entró en erupción, y a la izquierda, el Arenal-, sobre la selva verde, sobre cafetales y plantaciones de piñas -ananá, si prefiere-. Los vuelos internos son en aviones pequeños porque aquí todo está muy cerca y porque las rutas, sinuosas y transitadas -hay muchos autos, tanto que el tránsito en la capital suele ser un infierno-, demandan más tiempo que el que la cantidad de kilómetros parecería indicar.

A los 30 minutos de despegar, y rozando la frontera con Nicaragua, aterrizamos en una pista nuevita que traza un tajo blanco entre la selva verde y la tierra roja: Los Chiles. Allí nos encontramos con nuestros guías y subimos a un bote para remontar el río Frío -que unos km más al norte desemboca en el lago de Nicaragua- y llegar al refugio de vida silvestre mixto Caño Negro, un gran humedal considerado “de importancia internacional” por la Unesco y “área protegida mundial” por grupos de conservación como Ramsar.

Caño Negro es hogar de miles de especies de plantas, animales y aves, algunas de ellas raras, como las aves jacana del norte, el ibis, cigüeñas jabirú o espátulas rosadas. También es hábitat del basilisco esmeralda -un lagarto grande muy verde también llamado “lagartija Jesucristo”, porque puede caminar sobre el agua-, osos hormigueros, jaguares, ocelotes, iguanas, tortugas, monos, pumas, caimanes. Y en lagunas y bañados se encuentran peces como el róbalo, el guapote y el gaspar, un pez que está emparentado con los cocodrilos y los caimanes y es considerado un fósil viviente: tiene más de 150 millones de años sin modificar su fisonomía.
Vemos varios gaspares en un criadero en el rancho Tabacón, en el pueblo de Veracruz, donde comemos un sabroso casado a la leña (ver La buena mesa) envueltos en el calor húmedo de la selva, antes de que el dueño del lugar, Adán Domínguez, nos muestre cómo, en una gran jaula con una laguna, les da de comer a los cocodrilos. Les abre la boca, los reta… en fin, seguimos.


Para observar aves, nada mejor que levantarse bien tempranito. Con 315 especies entre migratorias y residentes, Caño Negro es uno de los principales destinos de observación en Costa Rica, y hoy vemos varias de las “imperdibles”, como el jabirú o el gavilán de ciénaga, en un recorrido hasta la laguna Mónico. Es mayo y está comenzando la época de lluvias -va hasta noviembre-, así que ríos y lagunas recién comienzan a elevar su caudal. Todavía hay mucha vegetación que en pocas semanas quedará bajo el agua, ese agua que ahora refleja, justo enfrente, las cimas de los volcanes Tenorio y Miravalles asomando entre las nubes.

 ¿Y esa estructura? “Es la nueva torre de observación, a punto de inaugurarse. Tiene 18 metros y, junto con nuevos muelles y un sendero elevado para caminar entre los árboles, es parte del Programa de Fortalecimiento de Áreas Protegidas, para mejorar la infraestructura turística”, cuenta Rosi, mientras subimos a los caballos para recorrer el lecho de la enorme laguna Caño Negro, ahora casi seco pero que en pocos días estará bajo agua.Los relámpagos en el horizonte parecen ir avisando.

Un río muy celeste
Otro día que comienza de lo mejor. Un desayuno de esos que uno querría que nunca terminara en el hermoso rancho Santiago, a orillas del río, a 3 km de Caño Negro y en la ruta a Upala y atendidos por su dueña, Marjorie Romero.Luego del delicioso café con gallo pinto, plátano frito y tortillas, partimos por una ruta de ripio entre la selva.

Una media hora más tarde paramos y sube Alfredo, que empieza a contar: “Soy de la comunidad Sol, una de las tres de la etnia maleku junto a Margarita y Tonjibe, y quiero invitarlos a que conozcan nuestra cultura”. La maleku es una de las ocho etnias nativas reconocidas en Costa Rica, que viven en 24 territorios autónomos.

 La visita comienza con el centro de artesanías, donde doña Eli nos muestra tejidos, como esa blusa hecha con corteza de árbol, e instrumentos musicales, como el tambor llamado tali, con cuero de iguana, y nos cuenta costumbres y cosmovisiones, habla del carácter sagrado del cacao, del dios Tocu y de su rival, el diablo (Maica), una serpiente que se convierte en hombre. La visita sigue con un suculento almuerzo, un tour para reconocer plantas y conocer sus usos medicinales, y unos intentos -fallidos, claro- de dar en el blanco con arcos y flechas artesanales.


Empieza a caer la tarde cuando llegamos a Bijagua, un pueblo de unos 2.000 habitantes situado a unos 15 km del acceso al Parque Nacional Volcán Tenorio, en la zona de río Celeste. Estamos ya a cierta altura, y se agradece: la temperatura es agradable y, pese a que estamos empezando la temporada de lluvias, amanece con un sol radiante y el río Celeste resplandece más que nunca. ¿Por qué ese color tan intenso?, es la pregunta de todos. “Parque Nacional Volcán Tenorio, creado el 8 de julio de 1995, extensión, 12,871,53 ha”, dice el cartel en la entrada de puesto Pilón. Desde allí, una caminata de una hora y media promete la respuesta.

El guía Ronal Chaves nos va mostrando: orquídeas (hay más de 1.800 especies sólo en este parque), insectos, monos, la famosa y diminuta ranita roja con patas azules -ojo que es venenosa-, coatíes, lianas. Pasamos del bosque secundario al de transición -donde los árboles ya superan los 25 metros de altura-, y al rato llegamos a la fuente del color: en un preciso punto del parque llamado con justicia Teñidero, donde se unen la Quebrada Agria con el río Buenavista, hay una especie de franja blanca en el suelo. Allí el agua transforma su color, de un centímetro al otro, en un celeste intenso. ¿Magia? No, un fenómeno químico que modifica el ph (acidez) del agua e incrementa el tamaño de unas partículas minerales (aluminosilicatos, para más datos), que descomponen la luz solar y reflejan el color celeste.

En la cercana catarata se ve mejor que en ningún otro lugar: una escalera en medio de la selva baja, baja y baja decenas de escalones hasta llegar al pie de la caída de agua e hipnotizarnos: el verde intenso de la selva, el agua que cae, blanca, desde 30 metros de altura, y la laguna de un celeste intenso a sus pies.

Rato más tarde, almorzamos camino a Guatuso en Tour Vino de Caña, un emprendimiento familiar que es parte del impulso que se le está dando al turismo rural y comunitario, para que la industria beneficie a la mayor cantidad de gente posible:un delicioso chifrijo (sopa) que, me cuenta Ronal, es el plato más popular en los bares ticos para acompañar una cerveza. Luego, una caminata por un bosque en galería para disfrutar más de la pura vida: un perezoso, monos, ranitas rojas, la temible hormiga tigre y un nido de colibríes, con dos huevos en pleno desarrollo. Nos despedimos luego de visitar la plantación de caña de azúcar y el trapiche, donde nos muestran cómo se prensan y fermentan las cañas para elaborar refrescos y aguardientes.

Teñidero, donde el río se vuelve celeste (PB/Viajes).
Pocos minutos de combi y otra vez en el río Frío. El mismo de antes, pero otro: aquí viene bajando de la cima del volcán, así que es un río de montaña, con rápidos, pequeñas cascadas y remansos de agua fresca y clara. El plan es bajarlo haciendo tubing, algo así como el rafting pero individual: montados en grandes inflables, vamos saltando entre los rápidos. 

Una manera súper divertida de disfrutar el río desde adentro, sólo que antes de hacerlo hay que asegurarse de que el nivel de agua sea el adecuado, para no quedar atascado en las piedras a cada rato.
La cena nos encuentra, agotados, en Casitas Tenorio, un hermoso bed & breakfast muy cerca de Bijagua donde nos recibe Pipa, una simpática australiana que se enamoró de Costa Rica y de un tico, se quedó y hace no mucho logró abrir su hotel boutique en medio de la selva, con cabañas privadas y actividades. Un sueño que, a esta altura del viaje, se nos hace muy entendible.
La selva en la playa


 “Sin zapatos, sin camisa, Nosara”, dicen por aquí. Otro vuelo de 30 minutos, que justo antes de aterrizar nos entusiasma mostrando las playas sobre el Pacífico. De vuelta al calor. Nosara es una pequeña ciudad famosa por el surf y por el yoga, otro de los puntos en los que se está focalizando el turismo en Costa Rica: el bienestar, que se materializa en yoga, termas, spa, relax.

Todo eso se resume en Lagarta Lodge, un hotel boutique cinco estrellas en lo alto de un cerro justo frente a la playa, con una impresionante vista al mar y, desde el spa, a los manglares. Los atardeceres desde su terraza ya son tan clásicos que en ciertos días hay que reservar. Un buen trago, con música suave y el sol hundiéndose en el mar, es un placer que nadie quiere perderse.


 Nos reciben con chirriboca, un trago local que homenajea al Chirripó, el volcán más alto del país, y la boca o desembocadura del río Nosara, que se ve justo allí abajo. Está dentro de la reserva natural privada del lodge, de 35 ha, donde se puede disfrutar de la naturaleza con caminatas o en el río, en medio de un tupido manglar, practicando kayak o stand up paddle.

Con la protección del sistema de parques nacionales, aquí la unión del bosque tropical y la playa virgen permanecen intactos. Al fondo se ve playa Ostional, un sitio protegido al que llegan -especialmente entre julio y diciembre- miles de tortugas a desovar. Allan Ortega, gerente del lodge, cuenta que para no interferir con las tortugas, que se guían por las estrellas, las luces del hotel son amarillas y suaves, y los turistas que llegan a la playa no pueden usar luces blancas ni flashes, y desde hace poco deben ir en grupos de no más de 10, con guía. A dos horas y media está el aeropuerto internacional de Liberia, al que llegan vuelos directos de todo el mundo, y la llegada de turistas para ver el espectáculo del desove obligó a intensificar controles.


Vista desde el Lagarta Lodge. Muy cerca está playa Ostional, adonde llegan miles de tortugas a desovar.

Para bañarse, tomar sol, caminar y surfear, hay tres playas: Nosara, Pelada y Guiones. Y a esta última vamos este último día con el compañero Guillherme, de Brasil, para una clase de surf. Otros optaron por una caminata en la reserva, una excursión en cuatriciclo -aquí se dice cuadraciclo- o unos vuelos sobre la selva en tirolesa. Alfredo -flaco, rastas, playa desde toda la vida- nos recibe en la escuela de surf Agua Tibia, elige unas tablas larguísimas, nos da una charla técnica con ensayo en la playa, y ¡al agua! Al lado, entre Guiones y Nosara, está playa Pelada, protegida por un arrecife de coral: ideal para nadar.
De vuelta en el hotel pedimos un agua de sapo, que pese a su nombre, es un delicioso y refrescante trago con jengibre, panela -jugo seco de la caña de azúcar-, limón y mucho hielo. ¿Por qué brindamos? Y, enCosta Rica, nada mejor que brindar por la naturaleza. ¡Salud y pura vida!

Stand up paddle en los manglares del río montaña, en Nosara.

MINIGUIA
Cómo llegar
Por Avianca vía Bogotá, desde $ 12.000 ida y vuelta, con impuestos. Por Copa, vía Panamá, desde $ 13.920. En 2018, Latam comenzará a volar desde Lima.
Dónde alojarse
* En San José, Studio Hotel Boutique (5 estrellas), desde US$ 106 la habitación doble con desayuno.
* En Caño Negro, Poponjoche lodge, desde US$ 18 por persona.
* En Bijagua, Hotel Cacao, desde US$ 65 la habitación doble con desayuno; por 2 noches, US$ 120.
* En Nosara, Lagarta Lodge, desde US$ 188 la habitación doble con desayuno.

Una tortuga en Caño Negro.
Cómo moverse
Aunque hay líneas regulares de colectivos, lo más habitual para desplazarse en Costa Rica es alquilar un auto o tomar vuelos nacionales, de líneas regulares como Nature Air (www.natureair.co.cr) o de charters como Sansa (www.flysansa.com) o Aerocaribe (www.aerocaribecr.com). Como ejemplo, un vuelo de San José a Nosara (30 min.) por Sansa, cuesta desde US$ 75 por persona (adultos).
Moneda
Es el colón, cuyo cambio es de 575 por cada dólar. También se aceptan dólares en prácticamente todos los comercios.
Cuánto cuesta
Almuerzo promedio, de US$ 5 a US$ 15; entrada a parques nacionales, US$ 12 a US$ 15. En Caño Negro: tour ecológico, US$ 50 (h/4 personas); pesca deportiva, US$ 260 (2 personas; paraisotropicalcn@hotmail.com). En Bijagua: tubing río Frío, US$ 45. En Nosara: kayak o stand up paddle, US$ 65 (Onca Tours, odirrg5@hot mail.com); clase de surf, US$55 grupal, US$ 90 individual (www.aguatibia.com).
Dónde informarse
Embajada de Costa Rica en Buenos Aires, (011) 2150-7180; embcr-ar@rree.go.cr.

www.visitcostarica.com

www.ict.go.cr

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